domingo, 17 de mayo de 2015

Cuando sístole y diástole se equivocan.

Era un día sábado por la tarde, Juan recién terminaba de lavar su Fiat Uno, la joyita como le decía él. Mientras cambiaba la música desde su celular, el cual estaba conectado al steréo, por esas cosas raras de la vida sin querer se abrió uno de sus contactos, un contacto que hacia mas de un año y medio que no lo tocaba, que casi por obligación social lo había dejo al olvido. Candela Ortega.

Miles de recuerdo invadieron su mente logrando que se le escapara una sonrisa. Eran tantos los momentos que vivió con Candela que ya había olvidado el motivo por el cual la distancia era la única relación que había quedado entre ellos.
Antes de que sus sentimientos renacidos se volvieran nostalgia para el siguiente día, decido darle forma a ese conjunto de sensaciones que lo habían exaltado por unos momentos. Marcó el número y para su sorpresa una voz respondió con un Hola!, un saludo medio desafinado con tono de asombro.
Tardó  unos segundos en devolver el saludo.

- Hola, cómo estas Cande, sabes quién habla?
- Por supuesto Juancito querido, tanto tiempo, me alegra mucho que estés llamando aunque dudo el motivo.-  Dijo con tono de picardía.
- Espero no molestar, solo quería saber de vos, de tu vida, tus cosas, hace unos cuantos meses que no hablamos.
- Si la verdad, la última vez que nos vimos anduvimos por plaza España. Mis cosas muy bien, casi terminando la facultad y trabajando. Igual me gustaría hablar esas cosas personalmente, digo, no somos dos desconocidos conociéndose
- Te parece si esta noche, te paso a buscar tipo 22:30 hs. Seguís viviendo donde siempre verdad?
- Me parece genial la idea. La dirección es la misma. Toca timbre.
- Perfecto, nos vemos mas tarde. Besos
- Besos Juan. Nos vemos.

Dudas, miedos, desconfianza y hasta temor, todo junto, todo ese cambalache en segundos tomó la mente de Juan. Y sin embargo, seguía sonriendo. Terminó de lavar la "joyita" y se fue a bañar.

Pasada las 22;30 hs. llegó a la casa de Candela, en el viejo barrio Batalla del Pilar. Se bajo del auto y  tembloroso toco el timbre, En seguida salió Candela. Metro setenta y monedas, pelo largo, largo y castaño, los ojos mas redondos que la luna de color marrón como el otoño.
Sonrieron a la vez y de inmediato se saludaron con un beso en la mejilla.

Estas linda como siempre, dijo Juan robando otra sonrisa al rostro de Candela. Ella sonrojada solo le respondió con un parpadear de ojos. Suficiente para que él sonriera nuevamente.
Se dirigieron hacía la Avenida San Martín a un bar conocido por los dos.

Juan comprendió que ella ya no era la chica de la cuál se había enamorado.
sus papelones ya no provocaban risas, por lo contrario. lograban que Candela luciera su cara de soberbia y madurez inmadura. La situación se hizo incómoda, ella encendió un cigarro, lo miró sabiendo que era algo que Juan jamás acepto durante la relación. Fue una pitada larga y seca tal como los segundos que pasaban entre ellos.

 

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